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lunes, 26 de diciembre de 2011

Mi súperhéroe.

Recuerdo aquel 25 de abril como el día de mi regreso. Eran aproximadamente las 9.30 de la mañana cuando me dispuse siendo habitual a mi jornada de jubilado trabajador. Me acompañaba Ibrahim, un chico al que pagan mis hijos por irme a ayudar al campo, ellos siempre tan preocupados, no logran comprender que este viejo loco a pesar de tener 83 largos años aún siga con las botas puestas y dando leña. Mis ojos han visto ya la vida pasar, he tenido momentos duros en esta vida, pero a pesar de todo me he mantenido fuerte ante todo aquello que ha intentado derrumbarme, esa situación no iba a poder conmigo por mucho que se le antojase al destino.

Cavaba el fértil suelo de mi pequeño pajero construido con el sudor de mi frente, arrojaba las semillas que darían fruto luego a una buena cosecha con la que un año más se alimentaría mi casa. A pesar de ser un viejo con fortuna me gusta seguir ganándome la comida que me lleve a la boca y obsequiar a mis nietos con deliciosos frutos de mi huerto. Ibrahim se había ido un momento a buscar la carretilla cuando decidí aprovechar para entrar en la casa a por algo de beber, busqué en el armario polvoriento marrón grisáceo en el que sólo encontré una caja de bombones vacía y unas cartas de póquer que habían dejado mis hijos desde la última comida familiar. Revolví la abarrotada despensa de vajilla sucia y encontré por fin un tetra brik don simón de jugo de piña. Bebí por el cilindro del envase un gran trago de ...¡ostias! por mi garganta corrió una sensación espeluznante de fuego, mis amígdalas experimentaron el ardor del veneno que disfrutaba campante por mi cuerpo impidiéndome respirar, al segundo perdía fuerzas mientras buscaba inquieto en el cajón de debajo del fregadero una lata de aceite, finalmente me lleve a la boca litros y litros de aceite con el fin de disminuir el daño que el veneno me iba causando. Escupía espuma blanca por la boca y mi cuerpo dejaba de responderme cuando gracias a dios llegó Ibrahim, el pobre muchacho estaba incluso más asustado que yo, me dijo: ¡Aguante don Luis que voy a buscar ayuda!. Tardó aproximadamente unos 8 minutos en encontrar a un coche que hiciera caso de sus gritos de socorro, salió a la carretera a pedir auxilio en aquella pista tan poco transitada que conducía a apenas a dos pueblitos de costa. Gritaba muy asustado ¡ Ayuda, por favor ayuda! los coches pasaban de largo, claro quien le iba a hacer caso a un pobre inmigrante que aparecía en medio de la carretera chillando, poca vergüenza ... Yo perdí el conocimiento en un intento absurdo de alcanzar la puerta, mi perro Pequi lloraba y ladraba a mi lado asustado mientras poco a poco a mi se me cerraban los ojos. Finalmente paró en la carretera un buen amigo de la familia, que corrió hasta la casa y entre el y mi Ibrahim lograron coger en brazos a este viejo pesado y llevarme al coche en dirección urgencias.

Llegué a prisa al hospital de la capital cuando al momento aparecieron mis seis hijos dos de mis nueras y mi nieto mayor. Entre llantos suplicaban que por dios saliera de esta, y se auto convencían de que era un hombre fuerte. Mi esposa llegó luego derrumbada y con la cara blanca como la nieve, era como si el mismísimo diablo le hubiera arrebatado el color de su rostro. De la pequeña pista del hospital despegó el helicóptero que  nos llevaría a mi hijo mayor y a mi a la provincia de mi isla. El viaje se hizó eterno y a pesar de estar inconsciente notaba como el veneno me comía las entrañas. Llegamos al Hospital de La Candelaria en Santa Cruz, a las dos de la tarde de aquel oscuro día. Procedieron rápidamente a un lavado de estomago con las mínimas esperanzas de que sobreviviese, luego me trasladaron a la UVI (Unidad de Vigilancia Intensiva).

Fueron llegando el resto de mis hijos, mis nueras, mis nietos, y todos aquellos grandes amigos que tengo. Todo el personal sanitario de allí decía que no sobreviviría, mi situación era muy complicada y muy a pesar de haber salido con vida de otras muchas cosas, nada se asemejaba a esa sensación. Pasaron 4 días hasta que por fin pude recobrar el conocimiento, mi cuerpo luchó hasta el último segundo de vida, tal vez antes de ese momento ya estaba dicho que esperaría sin miedo mi momento, pero de esa forma no quería morir. El tubo que tenía en la boca me hacía daño y me moví intentando quitarme ese aparato cuando me dí cuenta de que tenía las manos amarradas. Me vinieron a visitar todos cuando abrí los ojos, aún notaba ese fuego en la garganta. Pasaron dos semana cuando por fin pude levantarme de esa cama, ya no soportaba ni un segundo más estarme quieto. Todo había sido un milagro, todo el mundo hablaba de lo ocurrido y utilizaban los términos fuerte, grande, y luchador. Sobreviví sin una sola secuela de aquello, y regresé con más fuerzas

El veneno no pudo conmigo.

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*Grandes sonrisas*