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jueves, 14 de enero de 2016

Cómo -nunca- logré superar que me querías pero no lo sufiente

Empecé en esto del amor bastante antes que mis compañeras de colegio. La verdad no sé si fue que mi cuerpo se empezó a desarrollar también temprano y mi mente quería estar acorde, pero siempre tuve un fanatismo por sentirme mayor, más madura, y estar siempre un paso más allá de lo que me correspondía. Si os soy sincera no es algo de lo que me sienta especialmente orgullosa, ahora lo pienso y me gustaría volver y pasar más tiempo jugando a las barbies que estar comiéndome la cabeza por chicos, amores y desamores. Pero ahora ya no hay vuelta atrás, y aún queriendo volver al pasado para cambiar este hecho, considero que todo pasa por algo, y que ahora no sería la mujer que soy, y la mujer que me gusta ser.

Este factor –bueno y malo a la vez-, ha logrado hacerme una mujer madura, con las ideas claras y la mente abierta. Y es que a veces pienso que quizás no fue la idea de hacerme grande lo que me cautivó desde esa edad tan temprana, sino mi curiosidad, mi curiosidad de conocerlo todo, de saber, la misma curiosidad que logró que mi vocación fuese el periodismo.

Me he topado con decenas de tíos muy diferentes, unos muy guapos y otros muy feos, unos tontos y otros demasiado inteligentes, he ido descubriendo diferentes personalidades y eso precisamente es lo que más me gusta de este mundo, la gente. Soy adicta a conocer gente nueva, me encanta descubrir a las personas, hacer suposiciones, que me decepcionen, que me sorprendan, pero conocer. Y también soy adicta a los corazones rotos. No sé por qué me cautivan, me enternecen, llámalo masoquismo, pero me encanta toparme con esa clase de personas que tienen partes oscuras y tristes. Como él.

Me he topado con decenas de tíos muy diferentes, y ninguno como él. Él ha logrado convertirse en lo más bonito que he tenido jamás, y también lo más triste. Él no ha tenido tantas relaciones como yo –por no decir, ninguna de verdad-. Y pensaréis que será por feo, pero es el chico más lindo que conozco. Esa clase de tíos de los que te enamoras. No me quiero ni llegar a imaginar cuántos chicas se habrán pillado como yo de él. Es tierno y a la vez frío, tiene esa capacidad de congelar el tiempo con un suspiro y que sientas que el mundo se derrumba si se va. Es esa clase de persona, que no descifrarías nunca, porque sus secretos están tan escondidos que ni él mismo los conoce, y yo que soy un libro abierto...

Yo quiero todo con el y él nada conmigo, yo soy caliente y él es frío, él es agua y yo tierra, él es sol y yo luna, y juntos somos una explosión de sensaciones, besos y vellos de punta. Sin embargo tratar con una persona así te provoca desequilibrio. Después de rozar el cielo, llegas a casa y te encuentras a 3 metros bajo tierra, porque sabes que tu darías todo y él no apostaría nada por ti –por lo “nuestro”-.

Y al principio es así, insomnio, rímel en la almohada, y miles de ideas contrarias en la cabeza. Antes creía que la que fallaba era yo, que no era lo suficiente, lo suficientemente guapa, alta o inteligente. Sin embargo, luego me di cuenta de que no era yo, sino él. Y no fue fácil aprender a vivir sabiendo que aún amándome era incapaz de comprometerse conmigo, a algo más de lo que ya teníamos, a enfrentarse ante la palabra –novios-. Y es que solo hubiera cambiado la definición, el concepto del contrato, solo eso, porque todo lo demás ya lo habíamos creado, y lo más difícil –enamorarnos-, ya estaba hecho. Hay gente que se pasa la vida buscando lo que tenemos, pero aceptar que el compromiso no está hecho para todos es algo que debemos enfrentar, y a lo que me enfrento todas las noches mientras te observo dormido en mi lado derecho, me enfrento pero no consigo superar.