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miércoles, 30 de mayo de 2012

¡Descúbrela!

Ya que vamos por un número de seguidores que nunca podría haberme esperado. He querido anunciar con mucho orgullo y aprovechando la ocasión por ser hoy el día de Canarias a mi pequeña isla meridional.


Vivo en El Hierro desde que nací, es la más pequeña isla canaria del archipiélago, la más occidental y aunque esté mal decirlo, claro que sí, la más bonita. 



De todas las islas del Archipiélago Canario, El Hierro es un verdadero paraíso por descubrir. Esta séptima isla siempre ha quedado al margen del turismo convencional, para gran alegría de aquellos que la quieren y desean que se conserve tal y como es. Además, en el año 2000 fue declarada Reserva Mundial de la Biosfera por la UNESCO.



El Hierro es la más pequeña de las Canarias y está situada en el extermo sudoeste del Archipiélago. Sus 278 km2 de superficie nos ofrecen una gran diversidad paisajística: desde los áridos lajiales y las formaciones volcánicas del Sur y el Oeste, hasta las fértiles tierras del valle de El Golfo con viñedos y plantaciones en la zona noroeste, pasando por los densos pinares y la laurisilva de la zona central de la isla.

Las costas de El Hierro son rocosas y muy abruptas, con inaccesibles acantilados de hasta 1000 metros de altura, calas y piscinas naturales que invitan a un refrescante baño en sus aguas. En la meseta de Nisdafe encontramos campos y praderas, mientras que en El Pinar abundan las higueras y los almendros.

También aquí podemos disfrutar de la legendaria primavera eterna de las Canarias, con una vegetación subtropical en las zonas fértiles que contrasta con el fascinante vulcanismo de otras partes de la isla.
Actualmente El Cabildo está desarrollando un plan para convertir a El Hierro en la única isla del mundo en abastecerse totalmente de energías renovables, se trata del Proyecto Gorona del Viento (www.goronadelviento.es)

Tome el barco o el avión y venga a visitarnos, descubrirá una isla que nunca olvidará.

miércoles, 2 de mayo de 2012

"Te he echado de menos"


Esta mañana desperté desnudo en mi cama, miré hacia mi derecha y durante un eterno espacio de tiempo me quedé así, inmóvil, quieto, exhausto. Anoche Morfeo me regaló un sueño, volví a presenciar casi como la primera vez el segundo más bonito de toda mi vida. Su voz en formato susurro volvió cargada del sentimiento de aquellas palabras y avivó más si quiera el recuerdo. Su voz es la que me da vida, su voz la que cada noche se enreda en mis sabanas.
La conocí tal seis de agosto, lo recuerdo como si fuera ayer. Sofía era la prima de mi mejor amiga, tenía unos largos cabellos rubios rizados y siempre dejaba que el viento lo enredara en su danza, su piel era blanca y tenue lo que hacía que sus grandes ojos verdes resaltaran de entre su rostro como dos faros a lo lejos en la oscuridad, poseía una capacidad innata para relacionarse con la gente, le caía bien a todo el mundo, era simpática, extrovertida, alegre, optimista, inteligente, lo tenía absolutamente todo, su vida era ejemplar y completamente envidiable, todo era aparentemente perfecto y digo aparentemente porque no es oro todo lo que reluce, detrás todas sus sonrisas y tanta alegría que tenía a regalar era una chica con millones de inseguridades en su vida, desde muy chiquitita tuvo que aprender a ser independiente, sus padres trabajaban mucho y aunque les hubiera gustado darle todo el amor que se merecía nunca tuvieron tiempo suficiente. Saltó miles de obstáculos a solas con todo el mundo en su contra.
Desde la primera toma de contacto mis ojos se fijaron en los de ella, el sol de la mañana de verano le daba de frente en la cara y la luz eliminaba los apenas defectos que se podían apreciar, la linda curva de su boca dejó espacio a sus blancos dientes mostrándome la sonrisa más bonita que jamás pude ver, ella era perfecta desde el primer momento y así me lo corroboró cada día de mi vida. No resultó nada difícil enamorarme de ella, el problema fue  disimular la oscuridad que rodeaba mi vida para que ella no se viera victima de mi tristeza, pues yo al contrario de Sofía no afrontaba las cosas con tanta valentía y la reciente separación de mis padres había marcado un antes y un después en mis días de niño.
Pasé mis diecisiete y dieciocho cumpleaños a su lado, éramos absolutamente inseparables y a pesar de haber tenido miles de discusiones por segundo, los momentos buenos superaban siempre con creces los malos ratos, hasta que después de mucho tiempo con noches en llantos y días sin hablar decidimos cortar por lo sano el sufrimiento que se hallaba en nuestros corazones al no ser completamente compatibles en algunos momentos de nuestro día a día y a pesar que aún nos amábamos locamente era la mejor solución que podíamos haber tomado.
Pasaron muchas chicas en mi vida, pero ya de ninguna recuerdo su cara, ni el sentimiento que me aferraba a ellas, por suerte o por desgracia Sofía siempre estaba presente en cada una de mis relaciones, de repente encontraba gestos, maneras, miradas que se me habían contagiado de ella y estaban componiendo mi vida y mi forma de ser. A todas les regalaba el mismo perfume que ella solía utilizar, seguía llorando por las noches y a veces me veía envuelto en la pesadilla de que nunca más volvería a ser feliz con otra persona que no fuera Sofía y mira que hubo mujeres maravillosas en mi vida, mujeres que me dieron todo, incluso más de lo que tenían por hacerme feliz, pero nunca era suficiente para disipar el recuerdo que se me había grabado del definitivo amor de mi vida. Costó aprender a vivir sin necesitarla porque siempre una parte de mi suplicaba su aliento a deshoras, como quien pide un tentempié, se va a la despensa, come algo y se sacia, pero es que yo nunca tenía lo que reclamaba a mi lado y el acumulo de impotencia de quererla y no poder tenerla crecía día tras día.
Mi vida se vio desmoronada, no podía ser feliz con nadie, echaba la vista atrás y el último recuerdo que me venía a la mente de los momentos indiscutiblemente especiales eran de cuando estaba junto a ella. Ya habían pasado catorce largos años desde entonces pero la seguía echando de menos, era evidente y es que a pesar de haberme acostumbrado a vivir solo era prácticamente imposible adaptarse a un mundo en el cual nadie excepto el recuerdo de ese amor de adolescencia hacía que se mantuvieran vivas las esperanzas de volver a creer en el amor.
Las nubes grises del cielo predecían lluvia, todo apuntaba a un nefasto día metido en casa viendo la televisión, vamos, un día como otro cualquiera igual de aburrido. Mientras me fumaba el habitual cigarrillo mañanero me miré en el espejo del baño, el pelo estaba en su sitio, mi cara apagada para no variar y las habituales ojeras mías ahí intactas como de costumbre, me lavé la cara cuidadosamente dejando ver con más claridad el daño que los años estaban haciendo tan deprisa en mi rostro. El día no dejaba lugar a esperar que fuera especial. A lo largo del pasillo había desparramada ropa, en el suelo de mi cuarto había tirado un sujetador de encaje azul cielo y unas braguitas a juego, era totalmente evidente, no había dormido solo. Una muchacha de pelo castaño oscuro había pasado la noche entre mis sábanas. Ni con tres manos contaba las mujeres que habían pasado por mi cama en el último año recién estrenado, todas diferentes, unas bajas, otras altas, rubias, pelirrojas, morenas, españolas, alemanas… Lo curioso de todo esto es que seguro que pensareis que soy todo un triunfador en eso del ligoteo y no os equivocáis, es cierto. Al principio era como un hobby, conocía a una mujer, me acostaba con ella y tan fácil como venía se tenía que ir, era un alma libre y así me gustaba hacerlo saber. Cuando regresé a la habitación la mujer ya no estaba, la busqué en el salón, en el vestidor, regresé al baño y nada. Un intenso olor a café recién hecho se dejaba notar desde la lejanía, bajé las extensas escaleras de la casa hasta llegar a la cocina y encima de la mesa estaba el azucarero, una cuchara y mi pequeña taza de color pistacho junto con dos de mis galletitas, miré extrañado la situación, normalmente no se iban así sin despedirse, pero no le presté más atención que la oportuna en aquel momento. Aprovechando ya la ocasión me senté en la silla y pegué un sorbo al café. Cuando levante la mirada del fondo de la taza mi mente se fue a las nubes dejando mis ojos clavados en el portillo de la puerta, logré bajar de ese estado de hipnosis cuando la típica canción de movistar sonó, provenía de un bolso que estaba colgado en el perchero de la entrada, era el bolso de la chica. Me levanté de la silla para disponerme a coger lo antes posible el teléfono móvil con el fin de poder localizarla a través de quien la estuviera llamando. Era ella, su voz chillona corrió por mis oídos; “Sí, hola soy Blanca te llamo desde una cabina, se ve que me he dejado el bolso en tu casa. ¿Te ha gustado el café?” me dijo. El café estaba muy fuerte, pero bueno, no se lo dije y me ofrecí caballeroso a ir a llevarle el bolso. Me dejó la dirección de su casa, la reconocía, pasaba todos los días por esa calle antes de ir al trabajo por las mañanas. Me vestí con lo primero que pillé en el armario y salí para coger el coche, cinco manzanas me separaban de la casa de aquella muchacha. Cuando hube llegado miré el edificio de arriba abajo, tenía unos cinco pisos y se notaba que era una edificación nueva. Subí hasta el tercero A, toqué el detonante timbre de la derecha de la puerta y en un santiamén me abrió. Me recibió con una amplia sonrisa, tenía el pelo reburujado y recogido aunque seguía igual de bien pintada que la noche anterior. Antes de entregarle el bolso me dio dos eufóricos besos

en la mejilla y empezó a hablar avivadamente disculpándose, me tomó de la mano y me entró sin preguntarme. La casa estaba patas arriba y se notaba que estaba de mudanza, había cajas por todos lados y piezas de muebles envueltos en papel de burbujas por el suelo. Terminó de hablar de cómo había llegado hasta allí y presencié un silencio mientras ella se daba cuenta de que no me había enterado de nada a lo que reaccionó rápidamente para continuar hablando cuando de repente oí el chirrido de la puerta situada a mi espalda, en un impulso natural me giré para ver lo que pasaba. Metro sesenta y cinco, piernas largas, pelo suelto y rizado y un suéter de punto, una mujer estaba de espaldas a nosotros y sujetaba una pesada caja entre las manos intentando sacarla de la habitación estratégicamente para que pudiera caber por la puerta. “¿Necesita ayuda?”, me ofrecí. Dejé el bolso encima de un par de cajas amontonadas y caminé hacia la señorita con fin de ayudarla. Sostuve la caja con las dos manos, levanté la mirada y a medida que subían mis ojos podía ver una sonrisa sonrojada en la cara de aquella muchacha. Avancé mirándola hasta que llegué a su cabello, el brillo de su piel, el verde resplandor de sus ojos, el rubio de su pelo y la curva de su boca. ¡Era ella! Un silencio absoluto inundó la habitación durante prácticamente los dos minutos más largos de toda mi existencia, mis ojos se clavaron en los de ella sin apenas parpadeos, las pupilas de sus ojos se dilataban, su rostro por si dudaba que fuera posible perdió color, sus manos colgaban de su cuerpo inertes y yo no sé ni cómo logré sujetar aquella caja cuando mi corazón y el mundo se habían detenido para mí. No bastó decir nada en ese momento, las palabras estaban demás, con aquellas miradas nos decíamos todo. Noté en sus ojos el mismo brillo de cuando me solía mirar. La joven morena hablaba sin surtir efecto en nuestros oídos; “¿os conocéis? Toda mi vida había girado en torno a ese preciso momento, el momento de volver a encontrarla, teníamos tantas cosas de que hablar, narrar catorce años de su ausencia, que fue de mí, de mi vida, mi familia, mi trabajo, si viajé, si tuve novias, si no y de ella más de lo mismo. La verdad es que no importó mucho, todo eran habladurías, ella estaba ahí enfrente mía, y el mundo de mi alrededor había desapararecido completamente. Llevé la caja hasta el suelo para tener las manos libres, acaricié su rostro con mis dedos sin aun creer que ella fuera real, mi subconsciente podría haber estado engañándome porque es que había soñado tantas veces con ese momento que hubiera sido normal discrepar completamente de la credibilidad de aquella situación. Sin mediar palabra la besé en los labios y experimenté de nuevo aquel sentimiento oxidado que andaba dentro de mí. Fue la sensación más bonita jamás experimentada. Antes de que mi sistema nervioso volviese a su correcto funcionamiento y mientras la seguía acariciando ella consiguió un aliento que la dejó susurrar las palabras con más sentimiento que he escuchado en toda mi vida; “te he echado de menos”.