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lunes, 17 de octubre de 2011

Haberla besado cinco minutos más.


Sonaba el despertador cada mañana y se despertaba a la misma hora exacta, las siete. Refugiada bajo las sábanas que nos cubrían el cuerpo se retorcía, miraba a la ventana y no importaba si se levantaba con el pie izquierdo o le doliese la cabeza por que absolutamente siempre empezaba el día con esa linda sonrisa. Me daba un ligero beso en la mejilla, porque aun sabiendo que tenia que levantarme, siempre le gustaba ver las caras que ponía al soñar. Recuerdo claramente un día el cual me había despertado antes que ella y mirando de reojo cuando me fue a dar el habitual beso salte sobre ella y la bese apasionadamente en los labios, recorrí cada centímetro de su piel descubierta con besos apresurados y cosquillas que le hacían gritar de felicidad, mientras me suplicaba que parase y me daba con el cojín, o me intentaba morder. Era uno de esos momentos, en los que deseas que el tiempo se pare y llegar a encontrar la solución a deshacerte del mundo por un instante. Al fin, después de levantarse, se iba quitando la ropa lentamente en lo que llegaba al baño, y abría el grifo de agua caliente mientras que se miraba en el espejo sin objetivo alguno. Primero un pie, luego la barriga y finalmente dejaba como sus largos cabellos rizados se empaparan. Yo siempre las espiaba desde la cama, pues me encantaba ver como el agua le recorría cada poro de su piel, dejándolo más bonito aún de lo que era, y eso sí que parecía imposible, pero me encantaba verla mojada. Salía de la ducha y se secaba la cara, a continuación se escurría el pelo y se secaba despacio, empezando de los pies, a la cabeza, luego se miraba al espejo lleno de vapor, y dibujaba un corazón alrededor de su cara y al lado una frase bonita para siempre alegrarme la mañana, pues yo al contrario que ella no poseo ese entusiasmo nada más levantar. ‘Te quiero’, ‘Disfruta’, ‘Me encantas’, eran algunas de las frases que más repetía en el espejo. Dejando sus huellas en el suelo del agua, porque siempre se le olvidaban las zapatillas se dirigía a vestirse, peinarse y bajaba las escaleras hasta la cocina. Ya yo allí tenía las tostadas, y el café con leche de dos cucharaditas de azúcar como a ella le gustaba, ni más, ni menos. Siempre se manchaba el labio superior con leche al pegarle el primer sorbo al café, y sacaba rápidamente la lengua para limpiarse, pensado que lo la había visto, pero es uno de los gestos que más echo de menos. Nos lavábamos los dientes dos minutos justos, mientras que nos peleábamos riéndonos por el sitio más centrado del lavabo, dándonos pequeños golpes en la cintura. Cogía el bolso, me daba un beso, y se iba.

Hoy ya hace un mes que ella no está, y cada mañana siento un profundo vacío al saber que ya nunca será como antes. Desearía poder retroceder en el tiempo, y esa mañana haberla besado cinco minutos más.