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sábado, 21 de enero de 2012

Nuestra historia (Parte 4)

Un buen rato después llegamos a la casa donde nos quedaríamos a dormir. Entramos rápidamente en ella para coger el mejor cuarto, con las mejores camas, el más grande, y el mejor situado, cuando hubimos dejado las maletas allí nos dijeron que en una parte de la casa dormirían los chicos y en la otra las chicas. Era de esperar ... pero no hubo inconveniente pues no habían camas para todos y los que quisiesen podrían quedarse en un gran salón con sacos de dormir, y eso fue lo que hicimos los cuatro, Suso, Juan, Anita y yo, nos acomodamos una esquina al lado de las ventanas y los enchufes. Después de ducharnos, peinarnos, echarnos la crema, desmaquillarnos y ponernos el pijama fuimos ansiosas ya a acostarnos, resulta extraño que en otro momento no hubiésemos encontrado el momento para la noche, pero esta noche todos juntos acostaditos en el suelo, prometía. A la 1.30 apagaron las luces, aunque tardaríamos muchísimo mas en callarnos, los monitores mandaban a callar todo el rato y advertían que al día siguiente nos teníamos que levantar a las 7.30. Juan, es ese chico del que les hablé antes, ese de ojos verdes y sonrisa preciosa. Él y yo nos acercábamos poco a poco mirándonos a los ojos sin decir nada, los dos acostados en nuestros sacos, al lado de el Anita y al lado mío Suso. Nosotros sin parar de mirarnos a los ojos, resalto que hacía alrededor de 7 horas desde nuestro primer encuentro, y en esas miradas ya habían magia, de la de verdad. Poco a poco nos fuimos acercando más y más, hubo un momento en el que él se levanto a buscar un abrigo a la maleta y cuando se fue a acostar, saltaron las chispas, me besó. Y ¡dios mío, que beso!, fue uno de esos que hacen cosquillas y te sube del estomago a la garganta un fuego, una sensación de poder volar, de sentirte la mujer más afortunada del mundo. Nuestros labios se besaban sin prisa, lentamente y con ganas de nunca terminar, de que fuera eterno y quedarnos sintiendo esas sensaciones para siempre jamás. Las horas pasaban lentas mientras que compartíamos secretos, su mano rozaba la mía mientras le hablaba y me escuchaba con oído atento. La noche era solo nuestra, era nuestra noche y teníamos que aprovecharla al máximo, exprimir cada momento, explotar los besos y las caricias, las miradas. En esa noche supimos que eramos el complemento exacto de lo que uno necesitaba del otro.

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*Grandes sonrisas*